Septiembre 19 de 2008
Algunos sueños cobran importancia con el tiempo y emergen de la memoria con la claridad del agua en donde reposan. Hoy soñé con un sismo, quizás en el momento que un vehículo pesado hacía temblar el edificio al pasar por aquí. Dormido, pensé que el movimiento de la cama era telúrico, pero que no tenía suficiente fuerza para despertarme o que más bien era yo quien no tenía fuerza para despertar. Lo cierto es que había olvidado el asunto cuando una foto en La Jornada digital me remitió a la fecha del terremoto que sacudió a la Ciudad de México en 1985 y devastó buena parte del Centro Histórico. Entonces recordé la sensación de unas horas antes y lo que soñé hace 23 años, algo que he revivido tantas veces y con tanta nitidez como para creer que ha tenido réplicas, al igual que las tuvo el terremoto, porque además reproduce un episodio real, pero con una ruptura; a saber, que un grupo de personas picábamos paredes y techos de lo que había sido el Hospital Juárez, mientras otro grupo levantaba el cascajo con palas, todos con tapabocas para proteger del polvo a los pulmones, pero no al olfato y al cerebro de la pestilencia que impregnaba el ambiente dentro de muchos kilómetros a la redonda... la fétida presencia de la muerte, así no pudiéramos verla, entre la destrucción en abundancia también pestilente.
Era de noche y todo era gris, objetivamente gris como el polvo, y subjetivamente gris como los estados de ánimo en la memoria y sus repentinos o paulatinos cambios. Yo tenía cierta urgencia de que llegara mi turno para descargar la energía que llevaba contra un muro que había caído entero y al que no parecían hacerle ni cosquillas los repetitivos, intermitentes y monótonos golpes de pico. "Voy a hacerte pedazos en menos de una hora, pinche muro", mascullaba yo, que no soportaba el frío ni el hedor. "Conmigo vas a durar poco, verás". Finalmente, al llegar mi turno, bajé unos tres metros entre las ruinas y los escombros, y una persona me dio el pico mientras otra tomaba una pala. El que había puesto en mis manos el pico se acercó a una chamarra, que supuse sería suya y se la llevaría, pero el caso era muy otro.
-Nomás no le vayas a dar un picotazo a este cabrón -dijo.
La chamarra cubría el busto de un cadáver con el resto del cuerpo atrapado bajo el muro (como una gran rata en una gran ratonera), el rostro gris, el pelo gris y la cabeza desfigurada. El impacto sicológico mermó el impulso acumulado con el que pretendía batirme a golpes contra el muro. Mi antecesor hizo una broma que no escuché porque todos los factores traumáticos de aquella noche concurrieron en un instante y quedé aturdido, tanto que no recuerdo si puso la chamarra de nuevo en donde estaba o dejó el cadáver a la vista para que yo no lo golpeara. Supongo que la broma decía que el muerto ya estaba muerto y eso era bastante como para que yo además le rompiera la cara. "Dale chance". O quizás, por el contrario, decía que no importaba si yo erraba un golpe, al cabo el muerto ni cuenta se iba a dar y además ya estaba para el arrastre. Quizás el ambiente, pletórico de tufos y una total ausencia de colores, era propicio para el humor negro, pero aquella súbita confirmación de la muerte, hasta entonces intuida, primero me alteró y después me hizo sentir abatido.
Hasta aquí todo es real, y seguramente piqué cemento durante dos o tres horas hacia la cercanía del alba, concentrando mi esfuerzo en el muro para soportar el hedor y evitar una mirada más al rostro tumefacto que acompañó mi jornada en silencio y sin parpadear siquiera. En el sueño, dejé de trabajar al dar con el pico en la cara del muerto y ver que manaba sangre negra y espesa. Ese otro impacto me despertó y noté que el aire del cuarto estaba saturado con la pestilencia impregnada en mi ropa. Desde entonces, tengo la sensación de haber soñado exactamente lo mismo, una y otra vez...
Al parecer, el sismo de hoy ocurrió nada más en mi sueño de hoy, afortunadamente.
Septiembre 11 de 2008
El sapo y la pedrada: coincidencias de ese tamaño
Hace unos días, en los cines de Pericoapa había un cartel gigante que tapizaba el muro exterior entre otros dos carteles del mismo tamaño. "Al chile... ven y apoya al cine mexicano", decía. "$10 por función. Jueves 11 de septiembre. Cinemark a la mexicana". Y entre las letras se distinguía penosamente la empequeñecida figura de Bruno Bichir con un ademán de presentación que parecía decir: "¡He aquí el cine mexicano!". Como las manos apuntaban hacia el cartel de junto, uno desviaba la mirada y leía: The Bank Job. El robo del siglo, mientras el otro cartel anunciaba: Eagle Eye. Control total, de próximo estreno. "Ouh, yea!", exclamó el observante. "¡Viva el mexican film!" Junto a las películas gringas en exhibición y las de próximo estreno había una titulada High School Musical. El Desafío, que es la versión "mexicana" del musical gringo con el mismo nombre. Ante la burla, el observante sintió que Bruno Bichir en miniatura subía a su hombro y espetaba: "¡Al chile, ñero... ven y apóyala! ¡Es el mes patrio!"
El «mes patrio». Así llaman los demagogos a septiembre, un mes en que la bandera de México es orgullosamente izada por fuera de casas y coches, y ondeada en calles y plazas, donde la multitudinaria turba se identifica y satura el aire de ruido y humo, con los que llena el vacío de la cabeza, que en estos días sirve para portar un sombrerote. ¡Viva México!, grita la muchedumbre que engenta el Zócalo capitalino y el centro de Coyoacán y agrede al que no grite, más aún si es güero y narizón -¡haz de ser franchute, culero!- y su gesto expresa molestia por la contaminación que llaman «fiestas patrias» y tiene un efecto embrutecedor comparable con el de la religión, la televisión, el fútbol o una borrachera masiva de tequila y cerveza en ayunas, sobre todo en la «noche del grito», ese que, a fuerza de repetirlo cada año y rodearlo siempre de colorida estridencia, la demagogia despojó finalmente de significado y sentido histórico, y la estupidez ha convertido en un grito ebrio de alcohol y soberbia.
La «noche del grito», podría ser el título de una película de horror, una horrible película de espantos, una espantosa película de cine mexicano a diez pesos por función en Cinemark durante un día del año, pero es más bien el nombre del momento climático en que la estupidez a la mexicana se desata y anda suelta, y los fuegos de artificio superan a la pirotecnia de Hollywood y ni quién asocie el olor de la pólvora quemada con una revolución, como la que sería cualquier movimiento de independencia nacional en un país bajo dominio colonial. Por costumbre y tradición, el rastro humeante de cohetes y cohetones, palomas y chifladores, no tiene más contexto que los alegóricos festejos septembrinos, o sea, la inconciencia colectiva, la sensibilidad social aturdida, la confusión de sentimientos, la evasión...
Tres tristes tigres
El hecho de que nos hayan robado la patria es una tragedia; ignorar ese hecho es otra tragedia; festejarlo o festejar la ignorancia al respecto es una tragedia más; pero «Cinemark a la mexicana» hace pensar al observante en otra triple tragedia, valga el trabalenguas. El patriótico día en que esta cadena de cine comercial generalmente gringo exhibe cine mexicano barato, ocurre desde hace siete años el segundo jueves de septiembre, que hoy coincide por partida doble con una fecha trágica: la de los atentados terroristas de hace siete años contra las torres gemelas del World Trade Center (WTC) en Nueva York y el edificio del Pentágono en Washington, por no mencionar los objetivos fallidos. La fecha de aquel crimen contra la humanidad coincide a su vez con la del golpe de estado en Chile, auspiciado por el gobierno del país agredido por sus engendros terroristas 28 años después ("El que siembra vientos, cosecha tempestades", reza el proverbio que, en este caso, debería decir: El que siembra tempestades, cosecha lo que siembra). El ataque al WTC y al Pentágono, además de levantar una cortina de humo y polvo en la memoria histórica de América Latina, salvó del naufragio al desgobierno de Bush el pequeño y sirvió de pretexto para la destrucción de una civilización entera en Medio Oriente, empresa que apenas empieza, porque después de Irak y Afganistán siguen Irán y Siria. Tres grandes tragedias y terrorismo en los tres casos, que podrían ser más de tres si tomamos en cuenta que el 11 de septiembre de 2001 ha servido también para justificar un repunte del totalitarismo en el mundo occidental encabezado por Estados Unidos, al hacer de las detenciones arbitrarias, las cárceles secretas, la incomunicación prolongada de prisioneros, la tortura y el espionaje a la sociedad civil, entre otros atropellos propios del fascismo, parte normal de la vida política, tan normal como en cualquier dictadura del pasado, haya estado bajo la dirección de un partido "comunista" o una junta militar.
«Mundo libre», se autodenominaba el capitalismo para contrastar, así fuera nada más en apariencia, con el bloque de países en donde no existía economía de mercado ni democracia formal, o sea, "libertad", según su lenguaje de eufemismos orwellianos, que también llama "liberar" al acto de invadir un país, destruirlo y lucrar con sus ruinas. ¿Qué fue de ese «mundo libre» y su gran líder, «el país de la democracia perfecta», como lo llamaban los perfectos imbéciles? Con el pretexto del terrorismo internacional (que también encabeza Estados Unidos, paradójicamente), el poder usurpado con dos fraudes electorales sucesivos por una pandilla criminal restringe las libertades y los derechos civiles en su propio país y lo lleva inexorablemente al abismo. Como si no bastara con el pantano del que no puede salir en Medio Oriente, revive la guerra fría y promueve el militarismo y la carrera armamentista en países surgidos de la barbarie...
Hace 35 años, las cosas no eran muy diferentes. Luego de fracasar en Vietnam, el gobierno de Estados Unidos auspició un golpe de estado en Chile que enlutó a miles de familias en el exilio desde entonces o resistiendo en su tierra la brutalidad del régimen militar. El 11/9 de 1973 no fue menos terrorista que el 11/9 de 2001. Por ser terrorismo de estado, "el de la peor especie", según Octavio Paz (1), el ataque al pueblo de Chile fue más criminal que los avionazos contra las torres gemelas de Nueva York y las oficinas de Washington. Si el 11/9 es un día de luto para América del Norte, con más razón lo es para América del Sur. México, que geográficamente forma parte de América del Norte, en todos los demás aspectos es un país latinoamericano. En el «mes de la patria» no tenemos nada qué festejar. Por el contrario, además del duelo en la patria grande por aquella tragedia, nuestra bandera debería estar a media asta porque también aquí hubo golpe de estado y es demasiado reciente como para olvidarlo, aparte de que no es el primero; el salinazo de 1988 tuvo una réplica exacta en 2006, pero descaradamente apoyada en el ejército, como cualquier otro vil pinochetazo.
«Grito de la independencia». ¿Cual independencia? ¿Independencia de qué? No puede haber peor vergüenza para un país que tener un "gobierno" dependiente del crimen organizado para legitimar el uso de la fuerza que lo impone. El ejercicio de esa fuerza por el estado ante la que es ejercida con una violencia desafiante al margen del estado, en realidad requiere de ella para legitimarse, tanto como la camarilla del demente que usurpa la presidencia de Estados Unidos requiere del terrorismo internacional engendrado por su país. Las similitudes son enormes. No olvidemos que Osama Bin Laden, como cabeza de una organización paramilitar, es producto del Pentágono y la CIA, con el que pretendían combatir la ocupación rusa en Afganistán. Y no olvidemos que Los Zetas, la banda paramilitar más terrorífica y sanguinaria que opera en México bajo el mando del cártel del Golfo, surgió del ejército federal mexicano con entrenamiento kaibil. De esa delincuencia desertora del estado es que depende la mafia trasnacional de Felipe el espurio para ejercer funciones, las únicas que concibe, a saber, la función de la fuerza y la de una película mexicana por diez pesos en Cinemark.
Una de cal...
Entre la apabullante cantidad de cine gringo, generalmente de lo peor, Cinemark dedicará por entero el día de hoy al cine mexicano, del que proyectará unas treinta películas en todos sus complejos a nivel nacional, lo que representa unas 1,700 funciones. Los ingresos recaudados en taquilla, que el año pasado sumaron 340 millones de pesos, serán destinados al Fondo de Inversión y Estímulos al Cine Mexicano (Fidecine), que tiene como principal función la de financiar la realización de nuevos proyectos cinematográficos con siete millones de pesos en unos casos y la mitad de esa cantidad en otros casos, aunque también asume la absurda tarea de premiar a la película mexicana más taquillera del año, esto es, darle dinero adicional a la que más dinero haya ganado, así no sea precisamente la mejor (2).
«El día del cine mexicano» o «Cinemark a la mexicana»... Se trata de un proyecto supuestamente altruista que involucra a productores, distribuidores y exhibidores con el patriótico fin de "apoyar" a la industria de cine nacional (cuya existencia es tan relativa como la de una patria llamada México). Los distribuidores prestan su material de forma gratuita y los productores ceden sus derechos por un día (¡qué barbaridad!, ¡cuánta generosidad!), mientras que los exhibidores... ¡ah, los canijos exhibidores! Esos que, junto con Cinemex y Cinépolis, son al cine lo que Televisa y TV Azteca a la televisión, o sea, algo muy próximo al monopolio y muy representativo del neoliberalismo salinista, luego salinismo con sotana y ahora con uniforme militar, son también los que deciden, sin más criterio que la ganancia monetaria, si una película permanece en cartelera o desaparece, y si es exhibida en su idioma original o doblada al español. ¿Habrá alguien tan ingenuo como para creer en la buena onda de «Cinemark a la mexicana», tan nacionalista y patriótica ella como los planes de Felipe el espurio y su mafia trasnacional para la industria petrolera mexicana? En «el día del cine mexicano», Cinemark cobra la fabulosa cantidad de diez pesos (antes del salinato era más barato), pero el negocio está, desde luego, en la dulcería y la publicidad, porque antes de cada película hay que tolerar veinte minutos de anuncios comerciales y avances de próximos estrenos.
En fin. Para terminar como empezamos, refiriéndonos a la coincidencia de efemérides trágicas, entre las treinta películas mexicanas que proyectará Cinemark el día de hoy, hay una titulada El clavel negro (The Black Pimpernel), coproducción de México-Suecia-Dinamarca, dirigida por Asa Faringer y Ulf Hultberg, acerca del embajador sueco en Chile, Harald Edelstam, que brindó refugio a 1,300 personas durante el golpe de estado... Ya habrá oportunidad de verla después, espera el observante, que no quiso apoyar al cine mexicano mediante una cadena privada con yugos y grilletes. "Al chile". Prefirió quedarse a terminar de escribir este choro, de esta manera, precisamente aquí.
1. Octavio Paz declaró al terrorismo de estado como "el de la peor especie" cuando fue condenado a muerte un terrorista confeso en Cuba. Con esta declaración, el polémico escritor implicaba que eran preferibles los frustrados actos del terrorista que su muerte a manos del estado. Claro que Paz no era, ni por asomo, un hombre de izquierda o progresista (aunque Adolfo Gilly dice que lo fue en una época), pero tratándose de una referencia de autoridad y del golpe militar en Chile, tenía razón: el terrorismo de estado es "el de la peor especie". Ahora los Krauze, que se dicen "herederos de una tradición intelectual" encarnada en su momento por el autor de El laberinto de la soledad, son los más fervientes promotores en México del genocidio en el mundo árabe. Los Krauze, por cierto, son judíos, así que su país de origen y destino es Israel, un estado terrorista.
2. A veces son precisamente bodrios de la más baja ralea los que tienen mayor éxito en taquilla, como es el caso de Así del precipicio, infame desde el nombre, que resultó de lo más taquillero por el desnudo total de Ana de la Reguera. Aunque al observante le fascina físicamente esa mujer, tiene serias dudas de que valga el tiempo y dinero que uno gasta conocer detalles tan íntimos de su cuerpo como la cicatriz de una operación de apendicitis disimulada con el tatuaje falso de un toro. Después de ver a la actriz haciendo comerciales de Coca Cola y películas "así del basurero", el observante ha decidido que prefiere mil veces a la Mayor Ana María del EZLN.
Septiembre 1 de 2008
Este post es posterior al siguiente del anterior... Perdón. Va de nuez. Este post es una post-data posterior a la post-data anterior.
En la esquina de Nevado y Rumania, de Portales Sur, a una cuadra de donde "vivo", fue desmantelado un gran salón de fiestas y convenciones. A su alrededor había por lo menos diez árboles también grandes. Dos de ellos, flanqueando la entrada, estaban protegidos por cubos de celosías. De todo eso no queda nada. Aunque tenían lugar en la vía pública, los cubos y el piso de lujo que antecedía la entrada sobre la banqueta eran propiedad privada, así que desaparecieron junto con el salón y, unos días después, desaparecieron también los árboles, que no eran propiedad de nadie, sino de todos. El propietario del edificio consiguió permiso de la delegación Benito Juárez para talarlos a cambio de sembrar muchos más en otro lugar.
Al enterarme de tal aberración se me ocurrió preguntarle al individuo, de apellido Uribe, si tenía hijos grandes, y qué pensaría si les quitaran la vida a cambio de que el asesino tuviera muchos hijos más para reponer a sus víctimas. Si los hijos de este Uribe son niños, la esposa está en condiciones de concebir todavía y el asesino puede tener muchos otros niños con ella para que sean parecidos a los que mató. Si la mujer ya no es capaz de dar a luz más hijos, el asesino puede tenerlos con muchas otras mujeres. Claro que "tenerlos" es un decir, porque el mentado Uribe plantó cientos de árboles quién sabe dónde a cambio de los que asesinó, pero no creo que se haga cargo de ellos, es decir, que asuma su cuidado hasta que tengan la edad y el tamaño de las víctimas mortales. ¡Diez árboles grandes en una sola esquina!
¿Cuánto habrá ganado el delegado y su mafia por esa masacre, que es pecata minutissima en comparación con el ecocidio que ha tenido lugar tanto en Benito Juárez como en Coyoacán desde finales del año pasado? Para que sea negocio, la tala de árboles debe tener dimensiones colosales, como suele tenerlas un ecocidio, como las tiene, por ejemplo, el ecocidio cometido por el ejército federal en la selva de Chiapas...
Me pregunto si el depredador privado con permiso "legal" para destruir vida pública es pariente del genocida colombiano con el mismo apellido, porque si la coincidencia no es casual estamos entonces ante un caso de bestialidad hereditaria, un mal de familia que amerita ser erradicado, por supuesto, con el respectivo permiso de la "autoridad" correspondiente. No sea que el autor de este blog termine en la cárcel por los delitos de «apología de la violencia», «sedición», «conspiración», «asociación delictuosa», «daño moral», «insultos y amenazas», «lesiones», «epítetos y escupitajos a la autoridad» y «los que resulten», es decir, los demás que se deriven de los hechos aquí denunciados ("no les des ideas", dice mi otro yo con voz de abogada defensora de mujeres violadas por soldados en Chiapas), mientras las mafias madereras se hacen una para que el azul de Benito Juárez y el amarillo de Coyoacán conformen un área verde, en donde lucran libremente con la muerte de cientos de árboles que suman miles de años de vida y cantidades incalculables de oxígeno que también es vida. ¿Cuánto dinero se "gana" por esta pérdida para la ciudad de la esperanza de ver árboles vivos en el futuro inmediato, pérdida también para el país y el mundo?
Seguiremos dando seguimiento muy seguido...
Agosto 29 de 2008
Este post es posterior al post anterior... Perdón. Va de nuez. Este post es una post-data.
Hoy en la madrugada, como de costumbre, salí a hacer ejercicio. Caminé hasta el Museo Nacional de las Intervenciones y, a falta de las sombras que antes me ocultaban, en donde había contado los vestigios de quince árboles talados, oriné sin pudor a la luz de los faroles y la vista eventual de la policía. Orinando noté que la maravilla descrita en el texto llamado Naufragio -que pueden leer más abajo- ocurrió también aquí: en la base de un árbol sin árbol pero con raíces, brotó un retoño, milagro de la naturaleza que responde así a las agresiones humanas, si algo hay de humanidad en estos casos. Observando tal fenómeno de vida vegetal que se resiste a morir y vuelve a nacer de sus restos mortales, como Ave Fénix modesta y discretísima, o como si le cortaran la cabeza, los brazos y las piernas a una mujer y ella respondiera dando a luz un bebé... Observando este fenómeno, decía, comencé a sentirme desprotegido y entonces noté que había más árboles muertos de los que yo había contado la última vez (digo la última vez porque nunca jamás volveré a contar cadáveres ni retazos de seres vivos). Algún demente partió en dos varios árboles jóvenes y dejó allí sus dos partes, esto es, que lo hizo para nada y porque nada se lo impedía.
¿Qué mierda está pasando aquí?, me pregunté, y regresé con una expresión de odio iracundo, que se está convirtiendo en mi de por sí, al foco de contaminación en donde "vivo", no sin antes detenerme a ver de cerca la flor que, arropada por plantas solidarias, nació en medio de un tronco talado a la puerta de mi edificio. ¿Qué es esto?, me pregunté de nuevo. Alguien había permitido que su educado perro bañara de abundante diarrea este pequeño espectáculo de vida reproducida encima de la muerte. No se me ocurrió algo tan simple como regresar y darle un cubetazo de agua. En vez de eso, me puse filosófico: esto responde a la pregunta, pensé, pregunta que había leído minutos antes en mi correo electrónico acerca del por qué de mi soledad.
Como era de madrugada, nadie había quitado todavía el mensaje que dejé a la vista de mis vecinos: "La vocación contaminante de algunos en este edificio es una forma de violencia que propicia otras formas de violencia, más contundentes". Ante su falta de sensibilidad y respeto a ellos mismos y los demás, no creo que ningún letrero les haga reflexionar, pero entre mis cosas embodegadas -si es que siguen completas- hay unos chacos de madera con los que practicaba yo hace más de una década. Quizá sea un retroceso, pero he decidido volver al entrenamiento y comprar otros dos pares de chacos, unos acojinados para practicar y otros de metal para romper huesos y demás. También he decidido tramitar el permiso legal para portar una pistola marca diablo y, en su caso, usarla sin mayores miramientos o remordimiento de conciencia ni de ninguna especie. Finalmente, como dijera el sabio cinismo de Serrat, la conciencia es del todo anticonstitucional, y yo algún día tenía que decir ya basta, se acabó, hasta aquí llegó mi tolerancia. Todo tiene un límite.
Agosto 27 de 2008
La Cineteca Nacional cuenta por fin con un buzón para que el público deje sus "quejas y sugerencias". Por lo visto, a los secuestradores del lugar les pudo el escarnio que alguien hizo con respecto a que hubiera un buzón para los empleados y ninguno para el público. Lo que no ha tenido ni el más mínimo efecto son las "quejas y sugerencias" que el público hace por eso medio, a menos que hasta hoy nadie se haya quejado, por ejemplo, de que en las dos salas más grandes las películas se proyectan fuera de la pantalla (fuera de broma, hasta en el techo), o de que se ven más oscuras y opacas de lo que son, o de que los cácaros apagan a veces el proyector antes de que terminen de pasar los créditos, o de que suben el nivel de audio cuando es de baja calidad y, de paso, dejan al público tan sordo como ellos, o de que se exhiben películas en DVD o "video digital" (imagen difusa y audio saturado) y además nos cobran por tolerar esa falta de respeto... En fin. Seguramente nadie se queja del autosabotaje y más bien deposita felicitaciones y agradecimientos.
De hecho, el buzón para "quejas y sugerencias" del público es solo una de las novedades, porque ahora resulta que, antes de ver una película, tenemos que sufrir anuncios de Televisa y Proyecto 40, y también resulta que en la tercera sala más grande las películas son proyectadas en pequeño, casi al tamaño de un televisor "gigante", quizás para compensar que en otras salas la imagen desborda la pantalla y los decibeles superan la capacidad auditiva. Quizás estoy equivocado y ese es el efecto de las quejas buzón mediante. Quizás no estoy equivocado y si algo hacen con las quejas es usarlas como papel de baño. Con o sin buzón, estas quejas tienen años ventilándose por otros medios (este blog, por ejemplo), lo que lleva inevitablemente a la demanda, no petición ni sugerencia, de que se vayan todos de allí. Si entre todos no se hace uno con la sensibilidad y la capacidad física y mental necesarias para poner fin a un problema que cualquier otro en su lugar solucionaría en una hora o dos, o de un día para otro, en el peor de los casos, que se vayan todos entonces. No es broma.
Una protesta al estilo de Jesusa Rodríguez y sus ingeniosas ocurrencias sería llevarles a los secuestradores del recinto -ya que no conciben más posibilidad que seguir cagándola- una cantidad inmensa de papel sanitario para que no echen mano de las "quejas y sugerencias" con el mismo fin.
En eso pensaba yo una lluviosa noche al atravesar la calle, cuando cierto anuncio luminoso, firmemente anclado a la banqueta, distrajo mi atención... digamos, como lo habría hecho un payaso. "Lo estamos logrando", afirmaba el anuncio. "¡60 mil árboles plantados en junio y julio de 2008!" Carajo, dijo mi otro yo. ¿En qué país del mundo habrá ocurrido eso? ¿Será que el síndrome de Foxilandia está reproduciéndose a escala defeña? ¿Será que los árboles de junio y julio fueron demasiados y por eso en agosto han arrasado con los de toda la vida, no solo en Portales y General Anaya, como he denunciado aquí, sino también en otras zonas de la ciudad, según lectores del blog?
Quizás he caminado por rumbos equivocados, porque la neta es que no he visto reforestación alguna en ningún lado. Por el contrario. Nada más en la pequeña franja verde que antecede a la iglesia, junto al Museo Nacional de las Intervenciones, hay quince árboles menos, de los cuales dos tenían un metro de diámetro. ¿Cuántos habrán talado en todo el rededor? ¿Cuántos en todo General Anaya? ¿Cuántos en toda la delegación y cuántos en la ciudad? ¿Sabrán sus brutales depredadores que los árboles son seres vivos y, en consecuencia, ellos son asesinos? ¿Tendrán una remota idea del tiempo que requiere un árbol para tener un metro de diámetro? ¿Pensarán en la cantidad de oxígeno que nos daba? ¿Pensarán acaso? ¿A quién le estorbaban esos árboles? ¿A otros árboles? ¿A los faroles? ¿A los postes? ¿A la policía que alucina "malvivientes" entre las sombras? ¿A las cámaras del policía número uno de la ciudad, que si antes era el carnal Marcelo ahora es el Gran Hermano?
Algo me recordó a Héctor Sánchez, que aspiraba a ser gobernador de Oaxaca y, como presidente municipal de Juchitán, arrasó con todos los árboles que se atravesaron en su camino para encementar cuanto fuera posible hasta que ese gigante con piso de lodo mereciera llamarse ciudad, todo con la promesa de plantar después otros árboles, quizás en cantidades similares a las que devastó la urbanización del lugar donde hoy imperan, como en cualquier ciudad, los coches y su rastro de humo y ruido. "Hay que modernizarnos. Que nuestra gente aprenda a caminar por las banquetas".
Cualquiera que no esté ciego y viva en el sur de esta otra ciudad o esté de paso, puede caminar por las calles de Portales Sur y contar los lugares antes ocupados por árboles. "Aquí había uno", dirá, y unos metros más adelante: "Aquí había otro" (también puede contar los pasos entre una y otra excreción de perro, dicho sea entre paréntesis). Cualquiera puede caminar alrededor del Museo Nacional de la Intervenciones y hacer lo mismo. Quizás hay menos mierda ahora con menos árboles. Quizás hay menos asaltos a transeúntes y menos violaciones a muchachas que andan solas de noche. Dios quiera que así sea, o sea, amén.
El caso es que alguien plantó 60 mil árboles durante junio y julio en alguna parte que no es, ni por asomo, donde yo vivo. "Súmate como voluntario y reforesta en agosto y septiembre", agrega el anuncio con luminoso entusiasmo y singular alegría. Mi voluntad, en cambio, es llevar una tonelada de papel de baño a la Cineteca Nacional y cortar de tajo a los que siembran esta barbarie, este ecocidio, este holocausto de árboles.
Ya me ocuparé luego de los que bombardean objetivos civiles en Irak y Afganistán, asesinando principalmente a niños, cientos y miles de seres humanos en su más pura esencia (futuros terroristas, según los enemigos de la humanidad), mientras la patética y vergonzosa ONU les pide a los asesinos en masa que "tengan más cuidado, por favor". De eso me ocuparé cuando haya dicho que la película más reciente de Woody Allen es el anuncio de su franco declive. Que nadie se quede atrás de Clint Eastwood, otro decadente que, a diferencia del primero, gasta en sus lacrimosos bodrios suficiente dinero para alimentar a los niños que los gringos prefieren asesinar y, así como se alía con Spielberg para producir cine bélico a la vez conmovedoramente humanista, lo hace con otros magnates para convertir grandes extensiones de bosque en campos de golf.
Con la misma lógica de Bush el pequeño, que durante su campaña dijo acordar la guerra directamente con Dios, no sin antes confundir al talibán con un grupo de rock y proponer la tala de los bosques para evitar que se incendien... Con la misma lógica, decía yo, hay que demoler la estatua de la libertad para evitar que sea objetivo del terrorismo internacional... encabezado por Estados Unidos. Eso hay que hacer, pero antes hay que llevar una tonelada de papel "higiénico" a la Cineteca Nacional.
Agosto 9 de 2008
Ahora la muda es ella, se dijo el remitente algún tiempo después de escribirle una carta que tardó en enviarle más de la cuenta, y pasaron días y semanas, meses y años, y la destinataria siguió sumida en un profundo silencio, un silencio de piedra, como el que guardan celosamente las gárgolas en algunas casas y algunos templos, de donde las echaron por su monstruoso y demoníaco aspecto, y quedaron asidas a lo alto de las fachadas para siempre, vomitando la lluvia que anega las azoteas. Vaya paradoja, pensó el remitente. Unos demonios petrificados, como pequeños dragones de concreto, vigilan desde afuera que, al interior de los recintos de Dios, haya silencio. Qué curioso, se dijo, pero más raro resulta que la destinataria no hable. ¿Le habrá comido la lengua el ratón? ¿A quién se le ocurre que los ratones se coman la lengua de alguien? Vaya idea. ¿Por qué no se les ocurre que esos animales se coman las orejas, que son más accesibles? Quizá porque una lengua es blanda y fresca y, en consecuencia, digestiva, o quizá porque no hay nada más suculento que su humedad...
Lo cierto es que la destinataria optaba por el mutismo. Al parecer, había perdido el interés en un dos por tres, o sea, en un seis. Ni modo, reflexionó el remitente. ¿Qué le vamos a hacer? ¿Ignorarla como ignoran los ignorantes el tamaño de su ignorancia? ¿Borrarla de la memoria como un trazo a lápiz? ¿Archivarla en el olvido como un caso cerrado? ¿Sacarla del corazón como coágulo que obstruye una arteria? ¿Insistir acaso hasta el acoso y el paroxismo? No, mejor no, mejor que siga callada, que no hable, que no diga nada, mejor que diga algo que no sea nada.
Y el remitente siguió esperando respuesta de la destinataria.